martes, 5 de abril de 2011

El Relato de Abril: La casa del té.

LA CASA DEL TÉ (1ª PARTE)

Resulta significativo pensar que importancia poseen según que actos realizamos. Subir una persiana es algo automático sin mayor trascendencia que la que tiene: dejar que la luz del exterior penetre en una estancia. Para mi, fue válida esta afirmación tanto literal, como simbólicamente. El día que levanté la persiana, iluminé mi habitación y dejé que la luz, por fin, bañara mi alma...
Solo Dios sabe cuanto me costó levantarla. Tenía un miedo terrible al exterior: solo entrever el paisaje que ofrecía la ventana me producía ataques de ansiedad. Por las noches, las pesadillas se cebaban conmigo y eternizaban mi agorafobia: salía por fin a la calle y me atropellaban, me abducían los marcianos y me violaban en su nave alienígena o me atracaban en un callejón oscuro y moría desangrado... Afortunadamente, estas paranoias habían remitido hace un mes y me sentía preparado para desafiar el mundo exterior.


* * *


Marta se marchó hace un año. Desde entonces, deambulaba por la vida como un muerto andante, inmerso en una terrible espiral de autodestrucción. Intenté, sin éxito alguno, hacer más llevadera la losa que se había instalado sobre mi pecho. Una losa de infinita tristeza que me acompañaba allá donde iba como una negra sombra. Probé con todo: beber, ir de putas, hacer yoga, adopté un perro, fui al psicólogo... pero todo resultaba inútil. Mi mente y corazón todavía no estaban preparados para superar su perdida. La culpa me acompañaba sin descanso...
El médico me dijo que Marta murió de manera plácida mientras dormía. Que no sufrió. Yo solo pienso en como me levanté para ir a trabajar y le di un beso suavemente para no despertarla. En aquel momento llevaba varias horas muerta. Y me fui a trabajar como si nada, dejándola sobre la cama, con el sol bañando su espalda desnuda y sus pechos ya fríos recortándose entre las sábanas. ¡Dios! ¡Si hasta recuerdo que al verla tuve una erección! ¡Y estaba muerta! Diez horas más tarde volví de la fábrica y la descubrí en la misma posición que cuando nos separamos. Aunque ahora era la Luna la que emblanquecía su espalda...


* * *


Con los primeros rayos de luz que se filtraron por la ventana de mi apartamento, fui consciente de la gran mierda en la que se había convertido mi espacio vital. Era una proyección de mi ser en su máximo esplendor. Cogí una bolsa de basura y empecé a recoger poco a poco la suciedad que inundaba todo. Latas de cerveza, restos de pizza sobre la alfombra... Limpiar un vómito que llenaba media pared me llevo dos horas y una capa de pintura. Pasé el mocho, lavé los platos acumulados, hice mil lavadoras y luego empecé mi puesta a punto: afeitarme, ducharme, inundé mi cuerpo en desodorante, me vestí de domingo y decidí salir, por primera vez en más de cinco meses, a la calle.
Es sorprendente la autonomía que padece el cuerpo respecto a la mente. Convencido estaba de darle el ¡Si, quiero! a una nueva vida, salí sin dilación al rellano de la escalera. En ese momento, el mundo se volvió menos nítido y apunto estuve de acabar con mis dientes en el suelo. Fue franquear el dintel de mi domicilio cuando empecé a sentir de nuevo una agorafobia tremenda. Me apoyé en una de las paredes, respiré hondamente y di marcha atrás tambaleándome.

-Por hoy ya es suficiente, pensé. Roma no se construyó en un día.


* * *


Dos semanas tardé en ser capaz de salir a comprar el pan por mi cuenta. Durante mi confinamiento, la comida y compras a domicilio fueron mi tabla de salvación. Mi hermana venía cada dos o tres semanas (supongo que para asegurarse de que seguía vivo) y me dejaba un sobre con dinero sobre el mueble recibidor. La primera vez le puse pegas, pero ella hizo caso omiso a mi petición. Y luego, al salir, se despedía con esa mirada de tecomprendoperotienesquesaliradelante...
Tenía un reto. No era ni correr un Maratón, ni viajar a la India, ni nada parecido. Me había propuesto ser capaz de llegar andando a LA CASA DEL TÉ. Cuatro kilómetros. Cuatro mil metros de olores corporales, de avenidas atestadas de tránsito y de un ejército de miradas que se dirigían hacia mi persona (o eso pensaba yo). Tres meses después lo conseguí.
La CASA DEL TÉ era una tienda de cariz artesanal que se encontraba en el barrio gótico de mi ciudad. Multitud de cajitas con tés recubrían paredes y vitrinas. Cafés de importación y especias, completaban la mercancía expuesta. La CASA, era regentada por una viejecita llamada Saluah de aspecto hippie, que se tomaba su trabajo con una profesionalidad rayana a lo enfermizo: te explicaba la carta, realizaba la ceremonia del té e incluso acompañaba el servicio con un canto tradicional del lugar originario de las hierbas que habías decidido consumir. Se pasaba el día trabajando de sol a sol. Vivía sola y sin amigos, hasta que, por un capricho del destino, enlazó su vida, la mía y la de mi madre hasta el fin de los días: ejerció de improvisada parturienta cuando yo vine al mundo, caprichoso como siempre, en el baño de la tetería. Desde entonces, Tita (como le gustaba que la llamase) y mamá, fueron uña y carne, llegando a pasar yo más tiempo en la tienda que en mi propia casa. De pequeño, solía agarrar el triciclo y recorría las estancias del recinto con la concentración de un piloto de carreras: desde el salón a la cocina, pasando por el patio donde organizaba frecuentemente clases de yoga y tai chi.
Cuando murió mamá, Tita se convirtió en mi referencia materna. A ella le hablaba de mis problemas en la universidad, o le llevaba a mis novias (Marta incluida), porque se empecinaba en darme su visto bueno con todas ellas.
Desde la muerte de Marta había dejado de ir a LA CASA DEL TÉ a ver a Saluah. Dejé de abrir sus cartas, colgaba al ver su número en la pantalla del móvil y me negué a dejarla subir a visitarme y verme en aquella versión paupérrima de mi mismo en la que me había convertido. Un día llegó a estar tres horas frente a mi casa bajo la lluvia. Después de eso no volví a verla. Supongo que se dio por vencida. No la culpo. Pero no estaba dispuesto a compartir mi dolor con nadie. Esa era mi cruz y la arrastraría hasta el fin de mis días...


* * *


Giré la última esquina que me quedaba por recorrer, embargado por la emoción de volver a verla. ¡Dios! ¡Cuanto la había echado de menos! Sin embargo, al llegar a LA CASA DEL TÉ, la imagen que apareció ante mis ojos me llenó de tristeza. La CASA tenía la fachada desconchada, maderos tapando su escaparate y un gran candado adornaba la puerta principal. Desafiándome, se alzaba ante mi un cartel con un lúgubre mensaje: CERRADO POR DEFUNCIÓN.
¡No! ¡No podía ser! Tita no podía haberse ido también. Mi madre, Marta, Tita Saluah... Las tres mujeres que más había amado ya no estaban. Me sentí desfallecer. Las piernas empezaron a temblar. Recosté como pude el cuerpo contra la puerta del establecimiento y volví a tomar dos sorbos de vida mayúsculos a modo de aspiraciones. Intenté calmar mi creciente angustia pero no lo conseguí. Un torrente de lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas.
Decidí desandar mis pasos y regresar a la salvedad de mi apartamento. Mi cuerpo me lo pedía después de llevar media tarde fuera de mi refugio particular. La noche amenazaba con aparecer tras cualquier tejado, y cuando eso ocurriese, mejor no estar dando vueltas. Y menos cuando casi había superado mi miedo al exterior...
Sequé mis ojos al tiempo que un alud de preguntas se agolpaban en mi mente: ¿Cuando ha muerto? ¿De qué? ¿Estaba enferma? ¿Me perdí su funeral? Entonces, la CULPA, esa amiga que hacía tiempo que no me visitaba, volvió a instalarse en mi pecho. Y lo hizo para mi sorpresa, con la fría voz de Marta:

-Pero si no cogiste el teléfono... ¿Qué esperabas? Toda la culpa es tuya. ¿Como fuiste capaz de dejarla frente a tu casa bajo la lluvia y no invitarla a subir y resguardarse? ¿Y si cogió una pulmonía ese día? ¿Y si...?

-¡¡¡Bastaaaaaa!!! -chillé-, y con el bramido cesó la voz.

Miré a un lado y a otro de la calle. A mucha distancia, unos críos jugaban golpeando una lata a modo de balón

-Tengo que saber más. NECESITO saber que ha pasado.

Rodeé la manzana en busca de la tapia que coincidía con el patio de LA CASA DEL TÉ. Unas botellas rotas a modo de estacas llenaban la parte superior del muro.

-Vaya mierda de sistema de seguridad puso Saluah...

Me quité el jersey y lo partí en dos, aguantando un jirón en cada mano. Me dispuse a franquear el muro. Mientras, la luna observaba mis movimientos desde su posición privilegiada entre nubes oscuras. No había hecho ademán de cruzar cuando volvió Marta:

-¿Qué estás haciendo? ¿Quieres que te metan en la cárcel por allanamiento? ¿No te basta con haberla matado que ahora quieres que se remueva de vergüenza en su tumba?

-Vamos Néstor. -Me dije superponiendo mi voz a la suya- Un poquito más. Ahora o nunca. Si has tardado tres meses en llegar hasta aquí no te vas a cagar ahora. TIENES QUE ENTRAR.

No había tomado una decisión cuando todo empezó a temblar. Suave para ser un seísmo pero suficientemente agitador para hacerme perder el equilibrio. Caí al suelo con violencia y el mundo se llenó de oscuridad de nuevo...


* * *


Desperté lleno de dolor. El hombro y la cabeza me ardían. Una lágrima de sangre caliente caía por mi mentón y las piernas me escocían rebozadas en cristales. Me puse en pie como pude y me acerqué al baño haciendo eses.

-En mi estado, no creo que ayudase demasiado estar perdiendo sangre....-Pensé-.

- Abrí la puerta dispuesto a encontrar algo con lo que hacerme un torniquete cuando vi que ya no había baño en el que entrar. Una gran sala se extendía ante mis narices donde antes había estado la cocina, el baño y el salón principal. Al fondo, una cortina cruzaba la estancia a modo de biombo, mientras una luz amarillenta se filtraba bajo ella. Me acerqué cojeando y al correr la gran tela roja vomité asqueado ante el cruel espectáculo que se alzaba frente a mi: un hombre desnudo, con marcas de latigazos y las piernas amputadas colgaba del techo mientras tres o cuatro cámaras de video lo rodeaban. Y volví a desmayarme. Pero esta vez no fue por un seísmo, ni por la agorafobia, ni por la perdida de sangre. Alguien me había golpeado la cabeza haciéndome perder el sentido.

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